martes, 13 de abril de 2010

Edtorial nº 2 (Setiembre 2009)
























Los estudiantes solemos no tenernos por valiosos a nosotros mismos.

Vemos que internalizamos y transferimos un hacer-pasivo, al cumplir la rutina de asistencia-
prueba-aprobación y nueva asistencia-prueba-aprobación de clases, eventualmente intercalada por algún coloquio o conferencia en las que, la mayoría de las veces, participamos como meros espectadores.

Pero… y más allá de esto ¿qué? ¿Tenemos miedo de crear?

Los estudiantes como grupo podemos aportar directa e inmediatamente a la transformación del papel antes denunciado mediante la crítica acompañada de acciones que signifiquen pequeños pasos a los cambios que queremos ver a nivel más general, incluso fuera de la Facultad. Para tal fin pretendemos presentar a Clinamen como un topos para el fermento de pensamientos, donde buscarnos desde roles que continuamente estemos escribiendo y reescribiendo.

Sabemos que para plasmar las ideas hay que enfrentarse a uno mismo. Mover las manos, los nervios, en busca de algo que no encontramos, que intuimos que está pero que se resiste a aparecer. Incluso superado el papel en blanco, parece que hay algo que cada vez que creemos apresarlo, vuelve a escaparse, mostrándonos un nuevo reto.

¿Será el eterno trasiego del filósofo? ¿Perseguir el conocimiento pero nunca abarcarlo?

Tal vez, antes de entrar a facultad, escribíamos sin tanto temor del cómo. Si bien consideramos su importancia, no debería matar el impulso de expresarnos. Al contrario, todo lo que la enseñanza académica ofrezca, podemos traducirlo en herramientas, soporte, orientación. La cuestión que aparece como crucial en este asunto, es el por qué decir, por qué volcar lo propio, por qué descubrirse ante los otros.

No creemos que haya una respuesta definitiva para tales interrogantes. Vemos el escribir, el publicar, el mostrar, como un medio para potenciar y reafirmar la actividad de los estudiantes, en un espacio en el que el pensamiento conjunto sirva de impulso a los distintos caminos filosóficos que la audacia nos permita emprender.

Escribir tiene cuerpo. Escribir nos crea un cuerpo ante los otros. Es desatar nuestra voluntad de intervenir en el mundo. Se vuelve un puente para revelarnos como vivos.

Nosotros querríamos, parafraseando a Artaud, que aquello que escribimos sea mordido por las cosas exteriores.


Montevideo, Setiembre de 2009.-
Comisión Editorial de la Asamblea de Filosofía
CEHCE

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